Entre la violencia, el peligro y la desesperanza, ante el multimillonario negocio de la guerra.

18 agosto, 2019
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Por Ana Lilia Cortés
Corresponsal en Estados Unidos

Qué tragedia y qué dolor que Estados Unidos esté de permanente luto, por los constantes tiroteos masivos que dejan vacíos brazos de padres, hijos huérfanos, familias incompletas, centros de trabajo con menos jefes o empleados, y alumnos sin maestros.

Qué tristeza e impotencia que la insuficiente respuesta de quienes gobiernan, sea pedir oraciones para las familias que lloran la partida de un ser querido, y ante la desesperanza generalizada al saber que en 2019 han habido más balaceras que días transcurridos, y que solo en El Paso, Texas, hayan triplicado la venta de armas quienes pretenden defenderse y proteger a sus familias.

Según el sitio web de rastreo de tiroteos en Estados Unidos, los ataques en El Paso, Texas y Ohio el primer fin de semana de agosto, fueron los número 250 y 251, solo de este año. Esos números cambiaron solo días después en Filadelfia. El colmo es que cuando se registren nuevas balaceras, esos ataques pasarán a ser parte de la indiferencia y estadística, como pasó en Gilroy, California luego del tiroteo en la “Feria del Ajo” la cuarta semana de julio, aunque en el conteo siempre se recuerda los más mortiferos ataques en la historia moderna de Estados Unidos, como las de Sandy Hook en Connecticut, la del centro nocturno Pulse en Orlando, y la del Harvest Music Festival de las Vegas.

Lo grave es que por la libertad de estar armados, los estadounidenses son parte de otra preocupante estadística, que los ubica con el 48 % de los 650 millones de armas en poder de los civiles en el mundo. Por otro lado, según el Instituto de Altos Estudios Internacionales de la Universidad de Ginebra, Suiza, en Estados Unidos hay 120 armas por cada 120 habitantes.

Sin embargo, aunque según el 52% de los estadounidenses opinan que hacen falta leyes más estrictas de control de armas, las autoridades consideran que la violencia generada con armas de fuego se debe a la facilidad para conseguirlas. De acuerdo a un juez de la ciudad de Laredo, no son quienes tienen permiso para portar armas quienes causan problemas y matanzas, sino la facilidad con la que pueden conseguirlas quienes no califican para tenerlas, y lo que es peor, que logran obtenerlas vía internet hasta quienes no tienen la edad legal para poder tomarse una cerveza en Estados Unidos, pero ante la fácil venta de armas, de cierta forma si tienen licencia para matar.

Y a pesar de que las alarmantes cifras de número de muertos revelan la gravedad del problema, pese a la seguridad y las múltiples campañas internacionales contra el terrorismo internacional, en Estados Unidos, no hay una agencia específica que tenga como responsabilidad identificar organizaciones o sujetos de terrorismo doméstico.

Sumado a eso, también son obstáculo para restringir las armas de fuego los multimillonarios intereses económicos por donativos que hace la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés), sobre todo en tiempo de elecciones. Como ejemplo, los más de 30 millones de dólares con que apoyó la campana del Presidente Trump en 2016. Sus defensores afirman que “las armas no matan a las personas, las personas matan a las personas.”

En tanto, discursos politicos antiinmigrantes y de odio racial motivan tiroteos masivos de supremacistas blancos desde Nueva Zelanda hasta El Paso, Texas, donde el atacante publicó un manifiesto de odio racial contra “invasores hispanos”, mientras miles de millones de dólares mueven el comercio de la Guerra en Estados Unidos, y logran que tras los más de doscientos cincuenta ataques contra gente inocente en lugares públicos, solo en 2019, nadie se sienta seguro ni en iglesias, mezquitas, sinagogas ni escuelas, al extremo de haber implementado la venta de mochilas antibalas en el país, con todo el drama que significa el tener que enviar blindados a los niños a estudiar.

Además de los tiroteos masivos en lugares públicos en Estados Unidos, alcanzaron el año pasado un máximo histórico con cerca de 40 mil muertes relacionadas con armas de fuego en el país en las últimas cuatro décadas, esto según datos difundidos por los Centros de Control y Prevención de Enfermedades.

El negocio de la muerte también es de exportación, y mientras amenazan a México con imponer aranceles a tomates y aguacates… los estadounidenses flexibilizaron las exportaciones de armas, cuyo tráfico legal e ilegal provoca miles de muertes ante la violencia y el tráfico de drogas relacionados con los cárteles.

Las cifras, de acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad, a pesar de que el sexenio del expresidente Enrique Peña Nieto se convirtió en el más sangriento en la historia del país azteca, las muertes se han multiplicado durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, con más de 20 mil asesinatos en 8 meses, mientras el gobierno federal contabilizó 2 mil 414 víctimas de homicidio doloso solo en el mes de julio, y 448 feminicidios en el primer semestre del 2019.

Por esas cifras, evidentemente los asesinatos alcanzan niveles de epidemia, y si acaso fuera cierto que los muertos fueron delincuentes que murieron al enfrentarse entre sí, es preocupante la decadencia de una sociedad enferma que está produciendo tantas malas personas. Y es que es muy triste imaginar que en mi amado país de origen plagado de desaparecidos en cementerios clandestinos, lo que encuentran ante sus ojos niños y habitantes de bellas provincias mágicas mexicanas al salir a la calle, sean colgados en árboles y puentes, y desmembrados en el camino al trabajo o la escuela, mientras los delincuentes siguen libres disfrutando de la más absoluta y sospechosa impunidad, en una indignante historia sin fin.

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